domingo, 21 de mayo de 2017

El latido de las cataratas

Noto por la respiración que Bean sigue durmiendo profundamente. Anoche llegó tarde del trabajo y tuve que ponerle pomada muscular en las lumbares. Así que procuro no hacer ruido al coger el abrigo, los guantes y el gorro del armario. Antes de abandonar el dormitorio, empujado por uno de esos arrebatos de ternura que a veces nos dan a las personas, me pongo a la altura de la cabecera de la cama, con la amorosa intención de apartarle de la frente un mechón de pelo rizado que le cae en cascada. Pero, retraído por la frialdad que últimamente está teniendo, aquieto la espontaneidad de la mano y prefiero marcharme. Claro que, es justo decir que mis salidas de tono también son para echarme de comer aparte. Naoko espera sonriente fuera del carro con el maletero abierto por si tengo que meter el equipo de fotografía y la mochila. Todavía no conozco las Cataratas del Niágara, y qué mejor manera de hacerlo que con ella, aprovechando asimismo que las niñas y su padre asisten a un campeonato de curling, y que mi novio nunca nos acompañaría porque sufre de vértigos. Tenemos algo menos de dos horas de trayecto, un tiempo precioso de conversación confidente…
          ¿Van mejor las cosas entre vosotros, Andy? ¿Estáis poniendo cada uno de vuestra parte?’, −dice, mientras da un volantazo para mantenerse a la izquierda en la bifurcación y continuar por Queen Elizabeth Way−. ‘¡Qué va, mijita!, −me doy cuenta que según cumplo años uso más expresiones habituales en mami−. Estoy harto de ser yo quien da siempre el primer paso. A veces pienso que vivo con un extraño’. −Mostrando una cortina de lluvia que quita brillo a la simpatía de sus ojos, gira un poco la cabeza hacia mí y la escucho−. ‘Te comprendo, amigo. Pero todo depende del interés que os mueva a resolver el asunto. Opino que seguir así no compensa: por desgaste, por sufrimiento y porque sin duda la relación y el cariño empeoran… ¿No crees?’. −Me quedo unos minutos pensativo. Sé que lleva razón, pero dentro de mí es como si la batalla ya la tuviera perdida−. ‘A ver si organizo una cena romántica y hablamos. Es una lástima, la verdad, que todo lo que soñamos juntos se vaya al traste. Son los malditos celos que le matan…’. −Ríe a carcajadas y pregunta−. ‘Uy, ¿y de quién, si puede saberse?’. ‘De ti’. −Aquí sí que le ha dado la risa floja−. ‘Pero si soy inofensiva’. −Nos carcajeamos.
          Naoko, nunca me has contado por qué os vinisteis de Japón. ¿Cómo fue? ¿Hace mucho?’. −Tengo la sensación de haber hecho preguntas desafortunadas, porque se pone muy triste−. ‘Hiroshi nació en la isla de Awaji, en la prefectura de Hyōgo, en el oriente del mar interior de Seto. Y yo en Kobe, al sur de la isla de Honshū. Desde que se juntaron su camino y el mío en el festival de jazz, presionadas por los prejuicios debido a nuestras diferentes clases sociales, las familias hicieron todo lo posible por alejarnos, sin comprender que así lo único que conseguían era trenzar más el deseo de estar juntos. Con el fin de que el olvido fuera menos traumático, me mandaron a Australia con las tías de mi padre, que residían allí desde jovencitas. Nos escribíamos cartas de amor a través de una amiga que se prestó voluntaria al juego y, para no levantar sospechas, aparenté bastante desinterés hacia aquel hombre. Al día siguiente de regresar, incorporada al empleo tras un año sabático, desde la boca profunda de un portal caliente y apasionado, empezamos a urdir la marcha que tardaría en llegar dos años después. Desde entonces estamos aquí, hemos vuelto solo en una ocasión, y tenemos intención de repetir este verano, más que nada para que las niñas conozcan aquello. Pero, ya veremos…’. Respeto los minutos de silencio que preceden hasta llegar, y me pongo a mirar por la ventanilla.
          Desde el puente Rainbow, que cruza el río Niágara, las vistas son impresionantes. Las panorámicas de las tres cataratas −la canadiense Herradura de Caballo, la estadounidense y Velo de Novia, la más pequeña− dejan al visitante fascinado ante su magnitud, maravilloso regalo de la Naturaleza. Presentando el pasaporte en vigor o el carné de conducir electrónico, se puede atravesar caminando de una a otra frontera. Dudamos un poco si hacerlo o no, pero preferimos dejar esa posibilidad, y la de observarlas desde el mirador Journey Behind the Fall, quizá para más adelante, por si viniéramos todos. Es bellísima la vista al anochecer, cuando son iluminadas por las luces de gigantescos cañones de colores.  Estar allí, en el corazón de la cascada, salpicándonos la potencia del agua como si nos fuera a arrastrar abismo abajo y entendiendo que somos seres privilegiados por tener la suerte de disfrutar de algo así, reabrió el diálogo iniciado por Naoko, quien no podía disimular la sombra de nostalgia que envolvía sus recuerdos. Aún hoy, hablar de su madre en concreto −lo sé porque en la comisura de los labios se le ciñe un recogido de amargura− le causa dolor. Posiblemente porque una de las muchas barreras que ha tenido que derribar de la cultura japonesa es la de la de compartir las inquietudes con los demás…
          Hiroshi y yo vinimos a trabajar a la filial que suministra al continente europeo la maquinaria agrícola que se hace en la sede central en Kobe, donde desempeñábamos puestos destacados en el departamento de administración −cuenta, mientras recorremos una avenida situada al borde del río Niágara, único por venir del sistema de los Grandes Lagos−. Cuando nuestro jefe más directo nos propuso el traslado, estando al corriente de las complicadas circunstancias personales que tanto nos hacían sufrir, vimos la vía de escape perfecta para cortar de raíz la desagradable situación. Los míos utilizaban todo tipo de estrategias para persuadirme, pero yo tenía las cosas muy claras, y acabé de guardar, con las entrañas partidas, las últimas prendas en la maleta. Se bajaron del taxi el conductor, para colocar el equipaje, y mi pareja, a abrazarme. Nadie nos despidió en el aeropuerto −qué distinto al caso de mami, pensé−. Días después recibí una llamada de mi hermano mayor sugiriendo que me olvidara de ellos, que no contase en el futuro con mi parte de herencia, y, por supuesto, que no se me ocurriera aparecer con los mocos colgando, arrepentida y preñada. Canadá nos gustó mucho desde el primer momento, y decidimos establecernos aprovechando la oportunidad de cambiar de compañía. Así, hasta llegar donde estamos’.  −Se calla angustiada: recordar le presiona la congoja−.
          De nuevo en el carro, tras haber almorzado unos sándwiches de peamel −bacón loncheado muy fino, encurtido y enrollado en harina de maíz−, vamos hacia el canal Welland, con la simple intención de mirar barcos. Ahí me dejo llevar imaginando que alguna de las embarcaciones tomaría rumbo a La Habana, donde el abuelo Eloy, asomado al horizonte y agitando las manos repetidas veces, esperaría impaciente mojándose con saliva el labio inferior, casi abrasado del humo del tabaco. Puede que otras se dirigieran al norte español, concretamente a la costa asturiana, para recoger a Miguel y Olivia que, tumbados en hamacas de playa, navegan sin moverse cogidos del brazo por el cauce de la vida… “Contigo traes, a tu costado atado,/el mar de ancho pulmón y duro acento,/y a la húmeda sombra del costado/el río soñador y soñoliento” (Pedro Garfias). Naoko tararea una canción de cuna japonesa en la que una madre pide al niño que se duerma por favor… ‘Hiroshi, solo por ser pobre, no merecía el desprecio de mi familia. La suya tampoco se quedó atrás. El padre nunca le perdonó que se viniera conmigo y no continuara la tradición de cultivar los campos, casarse con una mujer de igual clase, dedicada a él, tener muchos hijos y acatar las normas… Pero su perfil siempre fue diferente… Vivir en América ha contribuido a occidentalizar nuestras costumbres y, aunque adaptarse lleva su tiempo, hemos procurado expresar normalidad en todo, con la suerte de que Mizuki y Keiko barnizan de felicidad nuestra madera envejecida’.
          Hacemos el regreso más distendido. Nos hemos quedado con ganas de ir a la Isla de Cabra, deshabitada y situada en el mismo centro de las cataratas, en el río Niágara. Es boscosa y tiene caminos para practicar senderismo. Ahí también se puede visitar el monumento al inventor serbio-americano Nikola Tesla, quien destacó por descubrir la corriente alterna y la “terapia mecánica”, −se utiliza habitualmente en medicina y fisioterapia−. ‘¿Vas bien, mijita?’. ‘Estupenda, amigo. Hablar contigo me ha venido de lo mejor. ¿Y tú qué piensas hacer respecto a lo de Bean?’. ‘Llevármelo de viaje a Cuba…’. Las luces de la autopista estampan contra el arcén irregular diapositivas de nuestro rostro: planos sonrientes y nostálgicos que trazan en los márgenes autobiográficos estados de ánimo cambiantes. Naoko va relajada y yo medio dormido. Ha sido un día interesante y desde luego intenso. Apenas encontramos tráfico, lo que se agradece. Queremos llegar pronto, mañana empieza la rutina. Selecciono la emisora de radio Air Toronto, donde dan música instrumental, y le cuento un poco por encima cómo será la coreografía que preparo con los alumnos para una fiesta organizada por la escuela, y a la que invitaré a mis amigos.
          Mantengo la esperanza de encontrar a Bean despierto, y bajo las escaleras ansioso por contarle la propuesta de viaje que llevo en la mochila, junto a una botella de icewine −vino de hielo−, para meter en la nevera y tomarlo muy frío. Haber estado tantas horas fuera de casa, además del placer de haber compartido momentos con Naoko, me ha servido para valorar a quien duerme a mi lado. El ruido de fondo de un partido de béisbol que dan por televisión amortigua el portazo de la puerta, que se me ha escapado por la corriente. Mi compañero está sentado en el sillón, de espaldas a la entrada. Me acerco y le abrazo por detrás. Noto fastidio y olor a cerveza. Ni se conmueve. Entonces, doy la vuelta para mirarle de frente y digo: ‘¿Qué te parece si ahora en vacaciones nos vamos a…?’. Pero no puedo acabar, porque me interrumpe secamente con el anuncio de que se va unas semanas a Bath, a ver a su padre, y que hablaremos al regreso…

domingo, 7 de mayo de 2017

Toronto

Toronto me ha cambiado la vida. Mis jefes de la escuela de baile dicen que parezco más canadiense que español y cubano. Pero lo cierto es que me siento muy orgulloso de llevar el mestizaje de ambos territorios dentro de mí. Olvidar de dónde vengo es como amordazar al madrileño barrio de Chamberí o al Malecón habanero, con todo el pellizco que de cada uno llevo en el alma. Malo sería también no reconocer que si hoy estoy aquí, comportándome como una persona sin dobleces y sabiendo que las riquezas que me hacen gozar son intangibles, es gracias a mami. Las dificultades que tuvo que pasar para sacarme adelante, con la ventisca en contra por ser soltera y emigrante, nunca obstaculizaron mi crecimiento. No carecí de nada básico. Sin duda, las raíces humildes de las que arranco han aportado el circuito por donde desplazar lo que me llega a lo hondo del corazón. Lo contrario haría de mí un ser despreciable y egoísta, adjetivos para los que no he sido educado. Desde que vivo aquí, asumiendo y aceptando lo que soy, expresando lo que pienso en libertad, y no teniendo más de lo que quiero a mi lado, siento la conciencia tranquila a la hora de dormir. La verdad es que, de no ser porque el pelo se me empieza a caer, y porque esta agua potable a menudo me tiene estreñido, diría que una perfección casi mansa ha acampado en torno mío…
          Bean y yo nos movemos sin problemas por el PATH, la ciudad subterránea que, a través de galerías, comunica los edificios más destacados del centro, y que fue pensada para que durante los meses de invierno, cuando el frío es insoportable y la superficie está nevada, no haya necesidad de salir al exterior, ya que dentro hay farmacias, pastelerías, sucursales bancarias, restaurantes, peluquerías, tiendas de ropa, así como accesos directos a la sala de conciertos Roy Thomson Hall, y al Museo de la Fama del Hockey sobre hielo, que recoge la historia de este deporte. También al metro, a una terminal ferroviaria y a más de media docena de hoteles de lujo… El color de cada una de las cuatro letras sirve para orientarse en la dirección que se quiera tomar: rojo el sur, naranja el oeste, azul el norte y amarillo el este.
En fin, que se podría subsistir perfectamente en esta metrópoli bajo tierra. Eso sí, cuando cierran las oficinas el tránsito de peatones se reduce hasta dejar las galerías casi desiertas. Una noche que se nos hizo tarde regresando del cine atravesamos varios de esos pasillos vacíos, con el único sonido de nuestros pasos. De haber estado en otro sitio jamás nos habríamos arriesgado, pero aquí se vive tan seguro que ni siquiera se cierra la puerta con llave.
          Hiroshi y Naoko Akiyama −su apellido de soltera es Oshiro−, nuestros amigos orientales, y que como a todos les vertebra una historia que contar, trabajan en sendos rascacielos del distrito financiero. Ella en el mercado de valores, él en el Royal Bank of Canadá, uno de los bancos más importantes y sólidos, con más de dos millones de clientes en Estados Unidos. Siempre que podemos, al final de la jornada laboral, si coincide que Bean no tiene turno de tarde, quedamos para regresar juntos a casa, donde Mizuki y Keiko, sus hijas, a las que consideramos sobrinas, aguardan impacientes nuestra llegada, con la mesa puesta y los cuencos listos para la sopa de miso blanco con verduras y los platos de teriyaki de salmón −asado en adobo de salsa dulce−. Todo delicioso. Antes de retirarnos a descansar, las niñas nos hacen prometer que pronto las llevaremos a la localidad de St. Jacobs, donde se asienta la comunidad menonita. Es lo que tienen los niños, que, en cuanto están pachuchos y les dices: te voy a llevar a…, si no lo cumples has hipotecado tu credibilidad de por vida.
          A una hora de Toronto, lejos del confort que arropa la cotidianidad que rodea las ciudades, se asienta este movimiento pacifista que habita en sus austeras granjas, donde elaboran los productos naturales y ecológicos que consumen y venden para subsistir. A las chicas, ver en directo cómo hay gente que todavía se desplaza en carretas para disfrutar del paisaje, renunciando a la comodidad de hacerlo en los vehículos de motor, las tenía en un ay. Antes de iniciar la caminata adentrándonos en el bosque, compro unos dulces con toque de mermelada de arándanos. Cuando nos planteamos realizar esta aventura, preparándola junto a los padres, la intención, además de disfrutar con las chicas haciendo algo fuera de la rutina, era que comprobaran por sí mismas que hay otras maneras de vivir, y que lo rural, en determinadas circunstancias, a veces marca el compás de la humanidad. Ser testigo del asombro que reflejan las caritas de Mizuki y Keiko, de la emoción y complicidad respetuosa que han demostrado tener, ha sido para nosotros reconfortante.
          Hiroshi y Bean se han aficionado al curling, deporte que nació en Escocia a mediados del siglo XVII, en el que dos equipos compiten deslizando ocho piedras de granito por una pista de hielo con la ayuda de una especie de cepillo de palo largo. Pero a Naoko y a mí nos aburre. Un sábado por la tarde que se viene conmigo a patinar al aire libre a la Plaza Nathan Phillips, la más céntrica de Toronto, me habla de dragon boat, una competición náutica que se practica en verano, y que consiste en que veinte participantes, diez a cada lado, en una embarcación china, remen a la par, concentrados, en silencio, como en estado de meditación. En Canadá se expandió cuando un doctor realizaba un estudio en mujeres operadas de cáncer de pecho, con mastectomía simple o total, y determinó que ese tipo de ejercicio era rehabilitador para la pronta recuperación de las pacientes y la movilidad del brazo afectado. Ella lo conocía por compañeras de trabajo aquejadas de dicha enfermedad, y a mí me interesaba porque una de las profesoras de baile, a la que quiero mucho, se encuentra en estos momentos en esa situación. Estoy seguro que la información que he recopilado sobre este tema será de gran ayuda para mi amiga, ahora que se le habían tumbado los ánimos.
          “Sabía que estaban ahí, /que tus palabras iban y venían./…Que buscaban el horizonte/de mi línea más recta./…Lo sabía y dejé/que cruzaras mi umbral”. Conozco estos versos de Ana María Drack a través del abuelo Miguel. A veces me vienen a la memoria cuando, entre mi pareja y yo, el desembarco de la discusión toma posiciones en la isla del dormitorio, volviendo hostil hasta el aire que respiramos. Entonces, guarecido en lo que me aporta sosiego, salgo de casa sin portazo, alquilo una canoa para navegar por el Lago Ontario y dejo que el curso de las horas sople las cenizas que hayan quedado de la desavenencia.
          En Downtown Yonge, conocido como “el distrito del entretenimiento”, está la escuela de baile donde trabajo, no lejos de la Taberna de Zanzíbar, una emblemática discoteca que en la década de los sesenta comenzó siendo un local con música en vivo, y que con el tiempo fue transformándose en otro de estriptis, llegando a tener demandas insólitas. Aunque dejar el empleo del restaurante supuso para mí una liberación, tampoco quería herir los sentimientos de mi pareja al haber sido él quien lo buscó. Pero, por otro lado, aguantar en un lugar donde no eres feliz hace que a la larga las válvulas de la energía y de la paciencia envejezcan. Por eso, cambiar de escenario me ha devuelto las fuerzas. Tanto los compañeros como los jefes actuales están siendo piezas fundamentales para el aprendizaje que llevo a cabo, ya que los patrones que traía del sentido del ritmo eran caseros. Aquí desarrollo, con las herramientas precisas, la expresividad del cuerpo. Enseño pasodoble, tango, vals, samba, rock…, a dos grupos de personas. Y nos lo pasamos en grande.
          Una muralla de dos caras sin boquetes se ha levantado en nuestro hogar. Por una se ve el riachuelo que los celos han secado, por la otra el amerizaje de la amistad tan sólida que tengo con la japonesa. A la abuela Olivia le gustaba todo tipo de calzado. Mami tomó la costumbre de acariciar la butaca donde aquella se los cambiaba, por si absorbía algo de su ímpetu. El Bata Shoe Museum, cerca de la universidad de Toronto, acoge la mayor colección de zapatos del mundo. Un modelo lucido por Elvis en una de sus últimas apariciones en público, otro de un antiguo emperador asiático, los diseños combinando colores que con tanto arte movió Fred Astaire, algunos que lució Grace Kelly, así como unos mocasines indígenas, en color beis, tienen al visitante embelesado. Si puedo no me pierdo ninguna exposición temporal. Últimamente las de diseñadores vanguardistas van a la cabeza con mucho glamour.
          Todos los días, a las siete de la mañana, si no ha nevado, Naoko y yo corremos por la playa. Con ella es muy fácil expresar en voz alta las preocupaciones. Escucha atentamente, tiene empatía y mucho instinto. A través de su exquisita educación transmite esa confianza que uno busca siempre en los demás. ‘Estoy muy preocupado, amiga. Siento que cada vez Bean se separa más de mí. Está serio. Sé que le pasa algo, porque apenas habla. Me duele que sufra y no lo comparta conmigo’, −digo, mientras descansamos un momento para hidratarnos con una bebida isotónica−. ‘Bueno, Andy, dale tiempo. Yo creo que se está adaptando. Piensa que habéis tenido bastantes cambios, y que no todas las personas procesamos por igual. Dejar tu país, y te lo digo por experiencia, es muy triste, además de la coyuntura propia que rodea a cada cual para hacerlo. Opino que no debes pasar por alto que tu marido es introvertido, pero que te quiere, y que está enamoradísimo de ti, no hay ninguna duda. ¿Por qué no tomas tú la iniciativa y le preguntas…?’. Reanudamos la marcha y, cincuenta minutos después, duchado, y habiendo dejado sobre la mesa de la cocina la lista de lo que tengo que comprar, por si él quiere añadir algo, pongo las cosas del desayuno sobre la superficie de un ambiente cortante…

domingo, 23 de abril de 2017

Cambios

Recuerdo que cuando bajé del avión llevaba una masa de nervios enredada entre las tripas. Había dejado atrás todo lo conocido hasta entonces: la calle que me vio nacer, el hogar que siempre fue para mí un refugio, los amigos que se han mantenido fieles a pesar de no haber sido muy dado a la vida social, y la única marca de leche que tolero y me gusta. Pero, sobre todo, lo que verdaderamente me tenía en ascuas −un problema más mío que de los demás− y preocupado, por si llevaba escrito en el empedrado de la frente que a partir de ahora dormiría con un hombre, era la relación amorosa que iniciaba con Bean Howard, y el agobio que me removía las entrañas por si no estaba a la altura. Por la angustia de sentirme señalado con el dedo, de parecer un bicho raro en la distribución encasillada de la sociedad, de no arriesgar por pudor al qué dirán, de haber dado el paso equivocado, de que a continuación del relajo me salga la pluma loca y, por supuesto, de no aceptar aquello que he venido negando desde la adolescencia…
          ¿Nos quedamos con esta lámpara o te parece atrevida?’ −digo, alzándola con la mano, y cuya tulipa es el mapa de Asia, aunque al prender la luz lo que aparece es la figura de Ava Gardner−. ‘Sí. Ok. Nos la llevamos…’. Han bastado seis meses organizándolo todo, dos de ellos con Bean allí, para realizar, por la vía legal, nuestro traslado a Toronto. Es decir, que además de conseguir un “basement” −sótano− económico en el barrio alternativo de “Kensington Market”, bohemio, hippie y con toque latino, también ha obtenido ambos permisos de trabajo −lo cual no es fácil en estos tiempos− en un establecimiento de comida rápida. Las escaleras que bajan a nuestra casa se parecen a las de cualquier boca de metro, con idéntica inclinación e igual fealdad. Eso sí, una vez dentro la cosa cambia. La cocina, como es costumbre en Canadá, está pegada al salón y completamente amueblada, el resto de piezas no. Pero, amarrados a los chispazos de apasionamiento que se producen fletando la complicidad de un nuevo proyecto, las iremos completando poco a poco.
          En los “Dollar Stores” −tiendas con artículos a muy bajo precio− encontramos desde cubiertos a papel higiénico, y algo de alimentación. Seleccionamos los productos que nos parecen, y cuando queremos darnos cuenta salimos cada uno cargando dos bolsas grandes. Nos gustan los muebles sencillos, por eso aprovechamos la posibilidad de adquirirlos en “Yard sales”, ocasiones en las que los vecinos exponen en el jardín para su venta las cosas de las que desean desprenderse. Suelen hacerlo un día concreto, anunciándolo en carteles que ellos diseñan, distribuyen y cuelgan de las farolas por los alrededores. A veces encuentras auténticas gangas que, de ser nuevas, costarían un ojo de la cara, pero otras… Bean y yo hemos tenido suerte. Nos llevamos a buen precio un somier, una brújula que colocaremos encima de la repisa de la chimenea, un taburete que pondremos en el baño, con tres patas cortas, en verde claro, donde darnos sentados crema en los pies, y algún que otro capricho más…
          Toronto es una ciudad cosmopolita, muy limpia, que se ha ido configurando dentro del sistema operativo de la multiculturalidad, formada por una sociedad tolerante, honrada, sin apenas picardía ni delincuencia, y que manifiesta un respeto ejemplarizante y envidiable por el medio ambiente. Son múltiples las cosas que me sorprenden y atraen de aquí, donde todo es a lo grande y parece que nada tenga fin: los fríos hirientes para mi sangre habanera, las nevadas intensas y copiosas, la hamburguesa de carne de búfalo, de alta calidad, más gruesa y sabrosa del mundo, “Yonge Street”, que empieza en el lago Ontario y acaba al final de la provincia, y que está registrada como la calle más larga en el Libro Guinness de los Récords, que la gente diga incansablemente “sorry” hasta cuando estornuda, que la preferencia, esté el semáforo como esté, la tenga siempre el peatón y que al menos en una de las intersecciones se pueda cruzar en diagonal … Un cambio de cultura y una forma de vida a la que, cual esponja, pronto me adapto.
          Cuando le conté a Bean mis planes por correo electrónico todavía no tenía claro el lugar al que iba a trasladarme. Fue él quien propuso Toronto y la posibilidad de venirse conmigo Estaba harto de la vida que llevaba en Bath: acorralado en la rutina. Le apetecía innovar, experimentar, cambiar determinados patrones que, como a tantas otras personas, le habían encasillado. Bueno, y que nos enamoramos desde el primer momento, eso también cuenta. Es un estupendo compañero de viaje que se deja empapar por aquello que vale la pena. Tenemos repartidas las tareas domésticas, ocupándonos cada uno de lo que mejor sabemos hacer. Desde que le vi vestido de mimo, con aquel traje espantoso de Estatua de la Libertad, en el puente Pulteney, intuí que era una persona llena de valores y que no retrocedería ante ningún reto. Lo corroboró el hecho de haberlo dejado todo y venirse al otro extremo de sus orígenes, con un desconocido del que no sabía más de lo que ha querido contarle. No se me ocurre otra definición para explicar lo nuestro que decir que deseamos compartir la vida porque nos queremos, porque confiamos en que salga bien, porque vamos a echarle muchas ganas, y porque si algo he aprendido de los míos es a no rechazar ninguna oportunidad que me haga medianamente feliz. Recuerdo que, entre los papeles de mami y del abuelo Miguel, que ahora guardo en uno de mis cajones, hay una hoja arrancada de un libro de Dulce Chacón con estos versos que me aplico constantemente: “…Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos,/en lo más profundo de nuestras inquietudes,/podremos separar los brazos, y volar…”.       
          Los canadienses tienen un sentido de la puntualidad bastante potente. Por eso, a la hora del almuerzo, en esa franja horaria que va entre las 12:00 Md y las 2:00 pm, cuando los trabajadores hacen un alto para comer, los establecimientos públicos se ponen a rebosar de gente haciendo fila de forma muy ordenada. Bean, que viene del sector de la hostelería y se maneja al otro lado de la barra como anillo al dedo, despacha con rapidez los pedidos: ensalada de arroz con champiñones y alverjas, sándwich de ternera ahumada en pan de centeno o integral −según las preferencias− y, por supuesto, café “Tim Hortons”, que como son tan celosos de lo nacional ha de ser ese. Es muy común también aprovechar lo que ha quedado de la cena anterior, llevándolo en envases reutilizables. Mi trabajo, que no es como para tirar cohetes, consiste en, además de mantenerlo todo limpio, ir reponiendo lo que agotan los camareros. Que no falten servilletas, vasos de cartón, azucarillos, sobres de salsas… Bien abastecido cada compartimento. A veces pienso que debo haber heredado esta cualidad de la abuela Olivia, porque, según contaban, en su despensa siempre había de casi todo…
          Nuestro barrio está justo detrás del de Chinatown. En apenas seis o siete manzanas se concentra una de las zonas más bonitas de Toronto, y donde uno siempre encuentra algún sitio abierto para relajarse y tomar un pedazo de tarta casera. Una tarde, sentado en una pizzería en Spadina Avenue −una de las calles más anchas de la ciudad−, mientras esperaba que Bean terminara su turno en el restaurante, leí en el periódico una información que me atrajo: ‘Se busca personal para poner en marcha escuela de baile. Interesados acudir mañana al casting. Gracias’. El abuelo Miguel decía que mami y yo habíamos nacido para mover el esqueleto. Ella, que lo hacía francamente bien, me enseñó a llevar el ritmo de la salsa, el bolero, el chachachá…, arrancando de mí el miedo al ridículo y la sosería que tenía al principio. Ensayábamos en el comedor, y el abuelo, nuestro fan número uno, aplaudía con idéntico entusiasmo al que ponen los admiradores de las estrellas del rock. Dudo por un momento, pero recorto el anuncio y lo guardo en el bolsillo. Igual me acerco…
          Dicen unos amigos que hemos hecho aquí, una pareja simpatiquísima de orientales, con dos niñas encantadoras en plena adolescencia, que este invierno está siendo uno de los más suaves que recuerdan desde que se instalaron en estas tierras. Sin embargo, a mí me parece brutal. Bean lleva varios días pegado a la calefacción. Está de baja a consecuencia de una hernia de disco que arrastra de atrás. Me apena verle retorcido de dolor. Yo tampoco salgo más que lo imprescindible. Así que, cuando no estoy atendiéndole a él, puesto que necesita ayuda hasta para ir al baño, barnizo una cajonera que abandonaron junto a la basura y que nos gustó mucho por su diseño antiguo, pensando que sería rompedor con nuestra decoración. Conversamos poco, su estado le tiene muy callado, pero nos abrazamos mucho, porque eso nos da la fuerza para seguir luchando.
          Es jueves por la tarde, ha oscurecido completamente y apenas hay un alma por la calle. El padre de mi novio acaba de ponerle una videoconferencia, y creo que le hace chantaje emocional para que vuelva. Mientras tanto, he bajado a la sala comunitaria de lavandería, y ando seleccionando la ropa: primero las prendas delicadas, como hacía el abuelo Miguel, después lo blanco, y lo de color para más tarde. Acabo de sacar la segunda tanda de la secadora y, antes de poner la última colada donde van los pantalones, camisas gordas −incluyendo también los uniformes de trabajo− y demás cosas de abrigo, reviso los bolsillos, no sea que vaya algún dólar canadiense y la liemos. Introduzco los dedos en el de mi sudadera, y saco el recorte de prensa… Esta melodía: “¡Óigame Compay! No deje el camino por coger la vereda”, traída directamente desde “Buena Vista Social Club” −local muy popular de La Habana−, me regala el oído con las palabras que quiero escuchar… Respiro hondo, me río a carcajadas y tomo la decisión de presentarme a la selección de candidatos… Cuando subo a casa Bean me espera sonriente, toma mis manos, me conduce hasta el dormitorio, enciende la lámpara, le guiña un ojo a Ava Gardner y, entonces, el universo se desliza con fogosidad entre los pliegues temblorosos de mis dedos…