domingo, 17 de septiembre de 2017

Nueva York. Primer día de la segunda quincena de noviembre

Los cambios de luz cayendo en cascada sobre las fachadas de los edificios traen consigo el principio del otoño, y los de la vida la oportunidad de abrirse a otros horizontes para crecer como seres humanos. No sé muy bien qué hago delante de este montón de cuartillas rayadas y amarillentas, ni cuáles son los verdaderos motivos que me empujan a escribir en ellas sobre mi pasado. Tampoco tengo calculado el tiempo que me llevará hacerlo, ni si a mitad del proceso deje de tener sentido para mí y lo mande todo a tomar por saco…
          Me llamo Maura Pumares, aunque en mi tierra me conocen como la paya, porque de niña jugaba en la ribera del río con los gitanillos de las chabolas cercanas a la falda del apeadero. Vivo de alquiler en Queens, en un apartamento modesto, en el vecindario Maspeth, donde residen muchos inmigrantes europeos, y por donde a veces camino absorta con mi taza termo en una mano y un fular estampado arrastrando por el asfalto en la otra. Comparto el techo con Carlota, mi vieja y mansa gata, que me espera moviendo la cola de un lado a otro, o lamiendo el respaldo del sillón, cosa que, dicho sea de paso, me da muchísima rabia. Un par de veces en semana vuelvo tarde, justo cuando atraviesan Manhattan las ramas que esparce el árbol de la noche. Soy introvertida, desconfiada y tengo un punto maniático que, según el estado de ánimo, desarrollo más o menos.
          Corre una brisa agradable y aún queda una hora para acudir a mi cita en Brooklyn. Así que, me paro en un puesto de perritos calientes y compro uno con bastante mostaza y mucho chili.
          Eric J. Coleman (E.J.) es un tipo con pinta de investigador privado que parece a punto de destapar el escándalo del siglo, alcanzar la fama y retirarse de por vida a Bahamas. Su pelo ensortijado aún conserva los últimos reflejos de lo que debió ser un rubio intenso. Es rechoncho, gracioso de cara, con los ojos siempre arrugaditos, risueños, y luce tirantes fluorescentes que, como dos largas autopistas onduladas, atraviesan su prominente barriga. De profesión psicoanalista (esta práctica en América da de comer a muchas familias), tiene la consulta dentro de su propio domicilio, en Bushwick Ave, un bulevar amplio, de doble carril en ambos sentidos y arbolado. Es una persona cercana que te hace sentir entre amigos. Inicia todas las sesiones desde la naturalidad, sin usar ningún estereotipo o técnica aparente. Es decir, te va metiendo en conversación con mucha habilidad… La primera vez fue escalofriante escuchar lamentos y lloriqueos procedentes del piso de arriba. Después he sabido que los emite Michelle, su esposa, encamada desde hace más de una década a consecuencia de una extraña enfermedad que él califica de fantasma, puesto que no deja rastro y a día de hoy no hay manera de localizar su origen, y en la que el enfermo va quedando en estado vegetativo.
          ¿Te apetece agua? −asiento con la cabeza. Saca una botella de medio litro y la desprecinta antes de dármela−. ¿Cuéntame cómo has llevado la semana?’. ‘Bueno, un tanto rara. No creas que me siento cómoda en el trabajo, he tenido un desencuentro con el encargado. El muy idiota dice que ya estoy mayor para seguir de cara al público, que mejor me quede en el almacén clasificando la mercancía. ¿Acaso sabe él cómo tratar a mis clientes? Cuáles son sus gustos, sus marcas favoritas o lo que les preocupa. No, ¿verdad? −E. J. sonríe y abre el cuaderno donde supongo que desmenuza con palabras parte de mis emociones−. ¿Te he dicho que a pesar de los años que llevo aquí todavía no se me ha ido del olfato el olor a leche recién ordeñada, ni la imagen de las manos grandes de mi padre aliviando el peso de las ubres? Nuestra vaquería era un negocio pequeño, de corto recorrido, no te vayas a pensar que facturábamos como hacen ahora las industrias lácteas, que no. Nosotros abastecíamos a un área minúscula de la Comarca del Ebro. Con papá a pie de obra, mamá luchando con el ganado y las faenas domésticas, y mis hermanos en la cadena de reparto, yo reivindicaba con firmeza un espacio común junto a ellos. Se me daban bien los números, y por fin empezábamos a obtener algunos beneficios. Alguien tenía que ocuparse de las cuentas, ¿no?’. ‘¿Y qué pasó?’ −pregunta E.J. haciéndose de nuevas, aunque lo sabe de sobra−. ‘Pues nada, que la mancha de la desigualdad se expande como la lava… ¿Sabes lo que decía mi abuelo cuando alguna mujer destacaba en determinados campos que él consideraba de hombres?: “hembra espabilada mejor atada”. ¡El muy cabronazo!’. ‘¿Y cómo reaccionabas ante la negativa a que entraras en el mundo laboral? ¿Tu madre, por aquello de ser mujer, se solidarizaba contigo…?’. ‘¿A ti qué te parece, coño? Pues mal, lo encajaba fatal, lógico. Y no, mamá no estaba para esos menesteres tan plañideros…’. ‘Bueno, por hoy hemos terminado. Trabájalo. Anota aquello que consideres importante y luego lo comentamos, y si necesitas adelantar la sesión no dudes en llamar. ¿Fijamos en principio mismo día y hora para la siguiente semana?’. ‘De acuerdo. Pero el ejercicio que me pides… No prometo nada, ¡eh…!’.
          E.J. abre una caja de madera que simula el lomo de un libro y saca del interior tabaco de liar. Aparta la cortina. Apenas media docena de niños, sentados en un escalón de la calle, solitarios y silenciosos, desplazan de un lado a otro un balón tan desganado como lo están ellos. El cielo, oculto tras una capa gruesa de niebla, dibuja en las aceras empobrecidas de luz artificial siluetas que en la oscuridad parecen siniestras. Apaga el cigarrillo después de haberle dado dos caladas profundas, y sube despacio las escaleras que le separan de su otra realidad. La sanitaria que atiende a Michelle aguarda junto a la cabecera de la cama el inminente traslado en ambulancia a una residencia de mayores donde recibirá cuidados especiales. Cuando Eric entra en el dormitorio, apenado por haber tenido que tomar esa decisión, ella aprovecha para ir al baño y así dejarles a solas. Se queda casi en la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón y pintando en la alfombra una media luna con la punta del zapato. Vuelve abajo y pasa a limpio sus notas, asegurándose de hacerlo en el cuaderno donde pone Maura… Desde el otro lado de la isla se acerca el ronquido seco de una sirena que parpadea, y todo parece quedar muy lejos… ‘Mr. Coleman, han llegado los camilleros. ¿Les acompaño, o lo hace usted?, −dice la enfermera−. ‘No se preocupe, márchese, yo me ocupo. Gracias por todo. Tenga: una carta de recomendación. Mañana le ingreso en cuenta el salario del mes y lo acordado del despido’.
          Pasa el metro elevado a gran velocidad haciendo temblar todos los edificios colindantes, incluido el nuestro, que parece como si fuera a desplomarse. Carlota, asustadísima y a punto de darle una taquicardia, me salta encima hasta que, haciéndola hueco, consigue enroscarse. Son algo más de las cuatro de la madrugada. Ya no duermo ocho horas seguidas. Ahora me despierto durante la noche conciliando un sueño envejecido y transformado en un ligero vaivén, o roto también por el trasiego de los aeropuertos de la ciudad: John F. Kennedy y LaGuardia Airport. Suena el microondas, han terminado de salir todas las palomitas, pongo dos puñados en My cat's dish, y el resto en un cuenco, que coloco junto a una Coca-Cola. Leo las primeras palabras conjugadas y sigo escribiendo según sugerencia de E. J. “Nueva York. Primer día de la segunda quincena de noviembre. En casa nunca funcionó el lenguaje del tacto. Por más que trato de encontrar alguna caricia que me transporte a la infancia soy incapaz. Sí, en cambio, las miradas severas de mis padres marcando el camino, dando importancia a lo que para mí carecía de ella, y obviando aquello que yo deseaba. A menudo me he preguntado qué escala de valores era la más adecuada, si la suya o la que yo empezaba a conformar. Dicho de otra manera: era significativo que pusieran el grito en el cielo ante el hecho de quedarme entre documentos en la oficina improvisada en el corral, desoyendo cualquier posibilidad que me hiciera medianamente feliz, y, sin embargo, no tuvieran en cuenta lo peligroso de ir sola hasta el pueblo vecino, a la escuela, por un sendero estrecho (a un lado el acantilado, al otro la montaña rocosa…). Aquel día me entretuve más de lo acostumbrado. Apenas un gajo de luna alumbraba el campo. Según pisaba, en el suelo crujían las chinas entremetidas en el barrizal de tierra. El miedo aumentaba las ganas de hacer pis. De repente… La siguiente imagen que me aparece es que uno de mis hermanos me sacaba en brazos del bosque, mientras que el otro quitaba pegotes de maleza adheridos a los bajos de mis ropas…”. Carlota se ha despertado y continúa panza arriba.
          Eric se acuesta en el mismo diván donde lo hacen sus pacientes. Ha acondicionado unas almohadas y tiene echadas  por encima algunas mantas de viaje. Está agotado y se siente vacío. Ha sido una jornada desgarradora, muy dura, de grandes cambios, pero con tanta presión le es imposible cerrar los ojos. Prende la lámpara de la mesita auxiliar y ojea una revista. “El psicoterapeuta: verdades y mentiras de un hito”.
          Salgo rápidamente de la ducha, hoy me toca hacer en el primer turno part time (media jornada) compensatoria a la pensión que por sí sola no me alcanzaría ni para comer poco más que hamburguesas diarias. Tras abandonar el apartamento dejando a Carlota de guardia, que por cierto se está poniendo las botas con un pienso nuevo rico en proteínas, me encamino hacia el vecindario latino donde se ubica el supermarket en el que trabajo de cajera. Un par de mujeres abandonan la cafetería de la esquina, a una de ellas todavía le quedan restos de croissant en el labio inferior. Las conozco, son conductoras de la línea Q de autobús y clientas de la misma peluquería a la que yo también voy…
          Eric se prepara para dar una conferencia en Columbia University. Después visitará a su esposa y, por último, atenderá las visitas programadas para la tarde. ‘Háblame del bosque, Maura’, −dice E. J., sacando de la cajonera un puñado de pañuelos de papel…

domingo, 2 de julio de 2017

Olivia

Han pasado muchos años y casi tres generaciones desde que el abuelo Miguel fuera por primera vez a La Habana y emparentara con mami echando raíces en el corazón de Eloy: un legado de cariño y entendimiento que concluye en mí como único sobreviviente y narrador. Pero nada de la historia a la que he ido dando forma hubiera crecido sin la principal protagonista, esa mujer que ha vehiculado las cordilleras si acechaban las dudas, el chato de vino en la taberna del relajo, los ríos y sus afluentes, el oleaje, el sentido del humor, la fidelidad, el viaje clandestino, la caída de la hoja, el frío en las cumbres de la soledad, las turbulencias del vuelo −a veces con aterrizaje forzado− y las luces y las sombras que han estructurado el atlas del ser humano recorriendo algunas arterias y bifurcaciones circunstanciales. Olivia es la almendra de cada persona que durante estos meses hemos contado nuestras cosas abiertamente. Es la materia, el músculo, la columna vertebral, el alumbrado en mitad del campo, la suerte de amainar el epicentro de la tormenta, el deseo inagotable por quedarse en lo sencillo, el camino boscoso que paso a paso hay que ir descubriendo y las manos templadas que uno quiere tener cerca por si el lobo feroz sale de su caverna a amedrentar, con rayos y truenos, el sosiego de las personas.
          De haber vivido más tiempo ahorita sería una entrañable anciana recordando su niñez y las calamidades de la época conmigo en el parque… Cada vez que podía, siendo yo pequeño, mientras me lavaba los dientes esmeradamente, el abuelo hablaba de su mujer con admiración. En ocasiones pensé que lo que decía era, más que real, producto de su imaginación. Pero… ‘¿Sabes, hijo? Era la más guapa de la verbena −se le llenaban los ojos de lágrimas−. Antes, tanto en los barrios como en los pueblos había este tipo de ferias. Los chicos sacaban a bailar a las chicas puestas en círculo alrededor de la pista, y, si aceptaban tres veces seguidas, entonces sonaba la campana y se hacían novios. Yo no es que fuera tímido, es que era soso de remate. Además, como se me enganchaba un pie con otro, no me atrevía a proponérselo a ninguna. Debió de fijarse en mí desde un principio, y buscó la manera de cogerme desprevenido proponiendo marcarnos un pasodoble. Apagué el pitillo con la puntera del zapato y miré en torno mío convencido de ser afortunado despertando las cosquillas de la envidia en los demás. Desde ese mismo instante decidí compartir la vida con ella y no he dejado de seguirla hasta el infinito…’. Entonces aparecía mami, le acariciaba la barbilla y él agachaba la cabeza buscando la imparcialidad del suelo que no pregunta. Desaparecían juntos dejándome así, con cara de tonto, y un cerco de dentífrico reseco en la periferia de los labios…
          Keiko ha venido de vacaciones y lleva conmigo todo el fin de semana. Entre los dos montamos la mesa, preparamos unos aperitivos y esperamos que llegue el resto de la familia. Comeremos carne a la brasa con salsa de teriyaki. ‘Tío Andy, por favor, cuéntame otra vez la historia del prendedor de pelo de la abuela Olivia’. ‘Pues, verás… Los festivos cogían su seiscientos y pasaban el día por ahí. Compraban embutidos de la zona y hogazas, patatas de la huerta y tomates recién cortados, o legumbres para enriquecer el puchero… A veces se encontraban con fiestas medievales, romerías −no eran creyentes−, encierros −tampoco taurinos−, mercadillos de baratijas y ropa económica, y muy rara vez actos culturales. Eran tiempos más feos… Una compañía de teatro itinerante representaba “La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca, en una aldea del interior de Castilla. Como llegaron antes de lo previsto entraron a la cantina a tomar un bocado. El local era la leñera anexa a la casa particular del cantinero. La actriz que daba vida a Adela, la hija apasionada y rebelde, bebía aguardiente como si de gaseosa se tratara. Lucía un abrigo imitación leopardo hasta los tobillos, y mostraba un lamentable aspecto: sin maquillaje y desgreñada. Se fijó, más que en los abuelos, en la cazuela de barro donde apenas quedaba rastro de los choricillos a la sidra que se habían pedido. Acercó una silla y, sin pedir ningún permiso, se sentó entre ambos dejando fluir por la boca los estragos del alcohol. Decía que estaba cansada y harta de ir de un lado para otro, mendigando una función más, un poco de cariño sin acabar en el estraperlo del placer o unas medias de licra a cambio de un plato de lentejas. Al finalizar el espectáculo la felicitaron y comprobaron que la magia del personaje se había tragado la borrachera. Entonces ella, que en ese momento iba muy de diva, se quitó del pelo el prendedor para regalárselo a la abuela…’.
          Mizuki se ha ido con su nuevo novio un par de semanas fuera, porque dice que necesita poner distancia para conocerse a fondo, sin que la juzguemos continuamente o cuestionemos sus decisiones. La niña está con su padre adoptivo, y me temo muy mucho que será por una larga temporada. Keiko ha regresado a Boston y promete volver en cuanto le sea posible. ¡Tan responsable, como sus padres! Así que, nos hemos quedado vacíos y atrapados en el malestar del estómago que levanta los jugos de la soledad. Todos los días salimos a dar un paseo. Naoko se agarra de nuestro brazo y caminamos despacio hasta el Jimmy's Coffee, un lugar acogedor donde nos gusta pasar la tarde del domingo. ‘Goa marcó un antes y un después… De ser el último viaje que pensaba realizar el abuelo a la memoria de Olivia, se convirtió en el escenario ideal para agarrarse a la vida −cuento, ante la humeante taza que tengo delante y los atentos ojos de mis amigos−. Cuando Miguel visitó ese país le faltaban las fuerzas y estaba a punto de darse por vencido. La ausencia de su mujer era cada vez más difícil de sobrellevar, y empezaba a no interesarse por ninguna cosa. Maduraba la idea de irse a una residencia con el fin de dejar que Alina viviera su propia vida, sin tener que estar pendiente de él. Pero…, la noticia del embarazo de mami le obligó a cambiar de planes, dándole un motivo potente para afeitarse muy bien cada mañana: rozar mi carita de recién nacido’. “El aire de la noche desordena tus pechos,/y desordena y vuelca los cuerpos con su choque./Como una tempestad de enloquecidos lechos,/eclipsa las parejas, las hace un solo bloque”. (Miguel Hernández).
          Les acompaño hasta su casa. Ya en la mía, elijo al azar un viejo disco: la voz rota e inconfundible de Janis Joplin me hace recordar una anécdota de la infancia. ‘¿Por qué Olivia nunca viene a atarme los cordones?’, −solté de sopetón. Él salió por los cerros de Úbeda diciendo−: ‘Lazo grande entre lazo chico sujetan el pie del señorito’. Apenas tenían fotos: alguna en la Puerta del Sol tomando las uvas por nochevieja, otras en el campo con amigos, y una de medio cuerpo, de ella sola, donde se la veía recostada en la barandilla de lo que reconozco como el Estanque del Retiro, y que el abuelo sacaba de su cartera cuando no le veía nadie para besarla una y cien veces. Ese gesto me chocaba y enternecía −hoy soy yo quien lo hace−. Mami manejaba muy bien las palabras, y decía al respecto que “la gente que queremos no debería irse tan pronto”. Pero se van, como lo hicieron ellos, como lo haremos todos… ‘Ay, mi hermano, que sí. Que las piernas más bonitas eran las de tu mujer. Que no me lo restriegues más, coño’. ‘¡Cómo te pones, Alinita!’. ‘No me llames así, viejo. Que no me gusta’. ‘Pero si lo hago con cariño, mijita…’, −rompía a carcajadas−. ‘Zalamero…’, −y le pellizcaba la mejilla−. ‘¿Y tú de qué te ríes, mocoso? Anda y ve a hacer los deberes, que te distraes con una mosca’, decían a la vez mientras que yo me iba refunfuñando porque al final me echaban la culpa de todo. Y no. No era cierto.
          A partir de aquí no sé qué nos deparará el futuro, pero intentaré seguir siendo viajero... Puede que João dé señales de vida, que Hiroshi se jubile en breve y monte su tallercito en el chiscón donde guarda las herramientas y repara lo que vamos estropeando los demás. Es posible que Mizuki consiga la estabilidad por la que lucha sin saberlo, que los descubrimientos de Keiko den la vuelta al mundo y curen los males de otras personas, que Bean alcance la paz y el sosiego, y que Naoko tenga paciencia para aguantarnos a todos. Seguramente las cosas podrían haber sucedido de otra manera, pero entonces serían los recuerdos y las vivencias de otras gentes, sus viajes particulares y los destinos que hubieran elegido. ‘Siéntate ahí, Naoko. Mira, ¿ves aquellos puntos relucientes en el horizonte que aparecen y se van al instante? Hay quien dice que es la costa de la Florida. Pero yo lo dudo… Sólo se adivina. Me siento feliz de que estemos en el Malecón, en el mismo lugar donde Eloy y Miguel conversaban de la vida con un habano entre manos y mamá se despedía del Caribe…’. En el vaivén de estas aguas transparentes arrancó la historia de Olivia y es en este punto donde me vienen a la memoria los versos de una canción de Silvio Rodríguez: “…tú me recuerdas las cosas/no sé, las ventanas/donde los cantores nocturnos cantaban/amor a La Habana, amor a La Habana”. ‘Abuelo, cierra los ojos y pide un deseo’. ‘Vale. Ya está’. ‘¿Cuál es?’. ‘Si te lo digo, ya no es un deseo…’. Pero yo jugaba a las adivinanzas con su cara: si fruncía el entrecejo significaba que le dolía la barriga, si guiñaba un ojo que haría de rabiar a mami, si apoyaba las manos bajo la barbilla que me iba a dar una charla de las suyas y si entornaba los ojos es que se moría de ganas de rodear una vez más las caderas de su compañera. ‘Que te estás durmiendo, hombre, y te manchas. ¿No ves que se te cae el helado?’, −decía ella sentada frente a él en el parque−. ‘Que no me duermo, Olivia. Es que me hace daño el sol…’. ‘Pues ponte aquí, a la sombra, a mi lado’. Y él, obediente, se dejaba caer junto a ella…

domingo, 25 de junio de 2017

João

Desde la medianoche han rebajado a la mitad la alerta por huracanes que fue activada hace algo más de una semana. Las imágenes difundidas por la CBC muestran cómo el último sufrido, al tocar tierra, se convierte en tormenta tropical e inunda algunas zonas de la región de Ontario. Lejos, en el silencioso enigma de las sombras, suenan las campanas de una iglesia, o puede que se trate del quejido del viento revocando al golpear contra los muros… Tengo a los japoneses de okupas en casa, andan de obra en la suya y, según sospecha Hiroshi, la cosa va para largo. Pero ya les he dicho que por mi parte no hay problema, al revés, estoy encantado de tenerles cerca. Naoko ya no es la mujer fuerte y dispuesta de antes. El tiempo nos pasa factura a todos, aunque lo importante es permanecer juntos. Las chicas se independizaron hace mucho. Mizuki tiene una niña adoptada que me llama abuelo y una pareja cuya relación está en crisis permanente. Keiko sigue en Boston, desarrollando un proyecto de ingeniería genética en la universidad donde imparte clases. Le va bastante bien y se la nota feliz. Vive por todo lo alto en una mansión de lujo acompañada de su perro caniche y dos tortugas. Yo llevo retirado del baile casi dos años, y por la escuela voy lo menos posible, solamente si me necesitan para algo en concreto. Así que, según dice una amiga nuestra, damos el pego de tres viejitos encantadores jugando a parecer canadienses…
          Ya tengo el diagnóstico de las pruebas que ha pedido el especialista. Y por los síntomas, antes de decírmelo, tal como sospechaba, he heredado la enfermedad de anemia drepanocítica −como sicklemia se conoce en Cuba−, que produce una destrucción de los glóbulos rojos más rápida de lo normal. Comparadas con otras analíticas que conservo de mami, el patrón de la mía muestra claras diferencias. Aun así, confieso que estoy acojonado, porque, a pesar de encontrarme bien, de un tiempo a esta parte noto más cansancio realizando las tareas domésticas. Eso, o que mis compañeros de piso me están acostumbrando muy mal. En cualquiera de los casos, nada que no arregle, según ellos, un auténtico té japonés preparado por nativos. Sin embargo, aun cuando tengo mucho bajón, gracias a mi manera de entender la vida, a la fuerza que saco de no sé dónde, a la esperanza de no irme tan pronto y a la facilidad que tengo para recomponerme, disfruto de los pequeños placeres regalados por ésta: gajos que serán irrepetibles en otra naranja. Además de la maravillosa compañía, Hiroshi se encarga de hacer funcionar todo lo estropeado: el cajón que no cierra, la luz fundida, el váter que no traga, la mecedora desencolada…
          João ha hecho realidad su deseo de convertirse en médico, labor que desarrolla en un hospital público en Río de Janeiro desde hace pocos años. Como ocurre en otros países del mundo, este sector aquí también sufre la masificación y precariedad en los medios, lo que limita a los facultativos a la hora de cumplir con el derecho que toda persona tiene a ser atendido. Mantuvo una relación eventual −ninguno quiso ir más allá− con la jefa de pediatría del centro. Ahora, cuando coinciden por los pasillos y el vello se les eriza, agachan la cabeza para no demostrar que se echan de menos. En el tiempo libre que le queda, amplía los conocimientos, porque tiene como objetivo marcharse a otro hospital, privado en este caso. Vive en el barrio de Maracaná, cerca de Rue Senador Furtado, en una casa individual de dos plantas, recién remodelada, y un sótano enorme donde ha montado su propia sala de cine. Pero el trayecto hasta llegar donde ahora está, no resultó un camino pausado, ni de rosas…
          El chico amanecía cada mañana empapado en sudor, y con la incertidumbre impregnada en la piel de haber podido mojar la cama, pensando que el tipo enclenque, con poses de bailarín amanerado, se echara para atrás enviando el ingreso mensual que financiaba sus estudios. “Debajo del puente, en el río,/hay un mundo de gente,/abajo, en el río, en el puente./Y arriba del puente/la calle, el colegio,/los niños, los gritos,/te vas sin un beso…/Arriba del puente…/Abajo, en el río… (Pedro Guerra)”. Sin embargo, cumplí la promesa rigurosamente hasta que terminó la Vestibular −equivalente a la Selectividad en España−, ya que, a partir de ahí, la formación académica es gratuita. Se trasladó a la Universidad de São Paulo, donde continuó su buena racha de obtener unas notas excelentes, lo que le ha colocado siempre entre los primeros de su promoción, dando así sentido, sin lugar a dudas, a los esfuerzos hechos, no solo por su parte, también por la de su madre, que ha sacrificado, para que él fuera feliz, el deseo de permanecer juntos y verle establecido en Salvador de Bahía, colmándola de nietos tirando de su falda como hiciera de niño cuando le pedía un helado bahiano. Todas las veces que hablábamos por teléfono, le repetía hasta la saciedad que en el aspecto económico aquello para mí no suponía ningún esfuerzo. Las cosas me iban bien, y ganaba más dinero del que podría haber gastado aun derrochándolo. Pero, en ese sentido, por mucho hincapié que hacía para tranquilizarle, João vivía permanentemente en el desafío de la cuerda floja.
          A punto de finalizar el curso en la escuela, con un enjambre de alumnos ensayando histéricos y profesores malhumorados evaluando a destajo, agravado el ambiente por el caos provocado tras la repentina destitución del director y su equipo de confianza, lo dejé todo empantanado y corrí al aeropuerto para llegar a tiempo a la graduación de mi protegido, en un viaje relámpago que no olvidaré por dos razones: la entrañable y festiva ceremonia, y la consolidación del cariño que, por encima de la distancia, había crecido en nosotros. Reservé una mesa para tres en el mejor restaurante latino de São Paulo. Acudió sólo él. La madre, que arrastraba de siempre un fortísimo complejo de inferioridad, se mantenía al margen y alejada de todo tipo de vida social. Gesto que agradecí, y que fue, ahora lo entiendo, muy generoso, porque me dio la posibilidad de conocerle más a fondo. João bebía agua compulsivamente para refrescar la garganta. ‘Nunca podré agradecerle todo cuanto ha hecho por mí, señor’, −rompió el hielo−. ‘No tienes por qué. Ha sido un placer. Llámame Andy, mijito…’. Sonrió tímidamente. Y, al fin, consiguió relajarse, lo que contribuyó a que tuviéramos una agradable cena.
          Durante los años de carrera había continuado enviando pequeñas cantidades de dinero, incluso simbólicas, para cubrir sus gastos de manutención y alojamiento. Posteriormente, cuando él ya manejaba su propia plata, en una de las múltiples visitas que me hizo a Toronto, quiso devolver uno a uno cada dólar invertido en su persona. Una vez, sentados en el sofá de casa, tras marcharse Hiroshi y Naoko a la suya, João sacó de la cartera un cheque del Banco de Brasil que extendió a mi nombre. Miré el rectángulo de papel con recelo. Guardé silencio unos minutos que parecieron interminables, y fui al dormitorio en busca de un pedazo de biografía. ‘Ésta de aquí, la de los dientes grandes y sonrisa blanca como la nieve, es Mirta −dije, señalándola en la foto−. No la conocí personalmente, ya no vivía cuando fuimos a La Habana, pero, por lo que me contaron, tenía la habilidad de ayudarte a valorar lo insignificante. Los dos grandullones del fondo, sobrados de cariño el uno para el otro, son mis abuelos Eloy y Miguel. Juntos formaron una gran familia, aunque no numerosa, y tuvieron el don de dejar muy alto el concepto de amistad. Mira mami, mijito, ¡qué jovencita y qué guapa!, conmigo en brazos, y la Puerta de Alcalá al fondo, sobre los tejados plomizos y vigilantes de Madrid. Tiene que estar por aquí escondida, espera… A ver… Sí, es él: te presento a Hari Babu, el filósofo de todos nosotros…’. Él me observaba con disimulo y muy atento. Entonces, rompió el talón y dejó los pedazos amontonados en la mesa. Desde ese día no le he vuelto a ver, y las llamadas comienzan a ser bastante espaciosas…
          Nunca hice las cosas para que me lo agradeciera, tampoco por lástima, ni por compromiso. Era una cuestión interna muy mía, algo que siempre percibí en mi gente, y que no va más allá de entender que, si se tiene la posibilidad de brindar oportunidades, hay que hacerlo: así crecemos todos. Ahora que no trabajo, y que las horas resultan a veces tediosas, me paso los días en internet buscando noticias suyas. Estoy seguro de que en algún momento pensará en mí. También de que habrá triunfado personal y profesionalmente, consiguiendo la admiración y el respeto de sus colegas. Me hubiera gustado estar más unidos y no perder el contacto. Contarle que estoy enfermo y asustado, y conocer su diagnóstico. Saber qué proyectos tiene a corto, medio y largo plazo. Pero respeto, como no puede ser de otra manera, su decisión de alejarse… ‘Abuelo’. ‘Dime, amor’. ‘Bébete un traguito de mi jarabe para la tos, verás cómo te pones bueno’ −dice la hija de Mizuki. Y su madre, que no escucha bien, grita desde la otra punta−: ‘Niña, no seas pesada… Tío Andy, en cuanto te pongas bueno nos vamos los dos al Pelourinho a vibrar al ritmo de los tambores. ¿Quieres…?’.