domingo, 2 de julio de 2017

Olivia

Han pasado muchos años y casi tres generaciones desde que el abuelo Miguel fuera por primera vez a La Habana y emparentara con mami echando raíces en el corazón de Eloy: un legado de cariño y entendimiento que concluye en mí como único sobreviviente y narrador. Pero nada de la historia a la que he ido dando forma hubiera crecido sin la principal protagonista, esa mujer que ha vehiculado las cordilleras si acechaban las dudas, el chato de vino en la taberna del relajo, los ríos y sus afluentes, el oleaje, el sentido del humor, la fidelidad, el viaje clandestino, la caída de la hoja, el frío en las cumbres de la soledad, las turbulencias del vuelo −a veces con aterrizaje forzado− y las luces y las sombras que han estructurado el atlas del ser humano recorriendo algunas arterias y bifurcaciones circunstanciales. Olivia es la almendra de cada persona que durante estos meses hemos contado nuestras cosas abiertamente. Es la materia, el músculo, la columna vertebral, el alumbrado en mitad del campo, la suerte de amainar el epicentro de la tormenta, el deseo inagotable por quedarse en lo sencillo, el camino boscoso que paso a paso hay que ir descubriendo y las manos templadas que uno quiere tener cerca por si el lobo feroz sale de su caverna a amedrentar, con rayos y truenos, el sosiego de las personas.
          De haber vivido más tiempo ahorita sería una entrañable anciana recordando su niñez y las calamidades de la época conmigo en el parque… Cada vez que podía, siendo yo pequeño, mientras me lavaba los dientes esmeradamente, el abuelo hablaba de su mujer con admiración. En ocasiones pensé que lo que decía era, más que real, producto de su imaginación. Pero… ‘¿Sabes, hijo? Era la más guapa de la verbena −se le llenaban los ojos de lágrimas−. Antes, tanto en los barrios como en los pueblos había este tipo de ferias. Los chicos sacaban a bailar a las chicas puestas en círculo alrededor de la pista, y, si aceptaban tres veces seguidas, entonces sonaba la campana y se hacían novios. Yo no es que fuera tímido, es que era soso de remate. Además, como se me enganchaba un pie con otro, no me atrevía a proponérselo a ninguna. Debió de fijarse en mí desde un principio, y buscó la manera de cogerme desprevenido proponiendo marcarnos un pasodoble. Apagué el pitillo con la puntera del zapato y miré en torno mío convencido de ser afortunado despertando las cosquillas de la envidia en los demás. Desde ese mismo instante decidí compartir la vida con ella y no he dejado de seguirla hasta el infinito…’. Entonces aparecía mami, le acariciaba la barbilla y él agachaba la cabeza buscando la imparcialidad del suelo que no pregunta. Desaparecían juntos dejándome así, con cara de tonto, y un cerco de dentífrico reseco en la periferia de los labios…
          Keiko ha venido de vacaciones y lleva conmigo todo el fin de semana. Entre los dos montamos la mesa, preparamos unos aperitivos y esperamos que llegue el resto de la familia. Comeremos carne a la brasa con salsa de teriyaki. ‘Tío Andy, por favor, cuéntame otra vez la historia del prendedor de pelo de la abuela Olivia’. ‘Pues, verás… Los festivos cogían su seiscientos y pasaban el día por ahí. Compraban embutidos de la zona y hogazas, patatas de la huerta y tomates recién cortados, o legumbres para enriquecer el puchero… A veces se encontraban con fiestas medievales, romerías −no eran creyentes−, encierros −tampoco taurinos−, mercadillos de baratijas y ropa económica, y muy rara vez actos culturales. Eran tiempos más feos… Una compañía de teatro itinerante representaba “La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca, en una aldea del interior de Castilla. Como llegaron antes de lo previsto entraron a la cantina a tomar un bocado. El local era la leñera anexa a la casa particular del cantinero. La actriz que daba vida a Adela, la hija apasionada y rebelde, bebía aguardiente como si de gaseosa se tratara. Lucía un abrigo imitación leopardo hasta los tobillos, y mostraba un lamentable aspecto: sin maquillaje y desgreñada. Se fijó, más que en los abuelos, en la cazuela de barro donde apenas quedaba rastro de los choricillos a la sidra que se habían pedido. Acercó una silla y, sin pedir ningún permiso, se sentó entre ambos dejando fluir por la boca los estragos del alcohol. Decía que estaba cansada y harta de ir de un lado para otro, mendigando una función más, un poco de cariño sin acabar en el estraperlo del placer o unas medias de licra a cambio de un plato de lentejas. Al finalizar el espectáculo la felicitaron y comprobaron que la magia del personaje se había tragado la borrachera. Entonces ella, que en ese momento iba muy de diva, se quitó del pelo el prendedor para regalárselo a la abuela…’.
          Mizuki se ha ido con su nuevo novio un par de semanas fuera, porque dice que necesita poner distancia para conocerse a fondo, sin que la juzguemos continuamente o cuestionemos sus decisiones. La niña está con su padre adoptivo, y me temo muy mucho que será por una larga temporada. Keiko ha regresado a Boston y promete volver en cuanto le sea posible. ¡Tan responsable, como sus padres! Así que, nos hemos quedado vacíos y atrapados en el malestar del estómago que levanta los jugos de la soledad. Todos los días salimos a dar un paseo. Naoko se agarra de nuestro brazo y caminamos despacio hasta el Jimmy's Coffee, un lugar acogedor donde nos gusta pasar la tarde del domingo. ‘Goa marcó un antes y un después… De ser el último viaje que pensaba realizar el abuelo a la memoria de Olivia, se convirtió en el escenario ideal para agarrarse a la vida −cuento, ante la humeante taza que tengo delante y los atentos ojos de mis amigos−. Cuando Miguel visitó ese país le faltaban las fuerzas y estaba a punto de darse por vencido. La ausencia de su mujer era cada vez más difícil de sobrellevar, y empezaba a no interesarse por ninguna cosa. Maduraba la idea de irse a una residencia con el fin de dejar que Alina viviera su propia vida, sin tener que estar pendiente de él. Pero…, la noticia del embarazo de mami le obligó a cambiar de planes, dándole un motivo potente para afeitarse muy bien cada mañana: rozar mi carita de recién nacido’. “El aire de la noche desordena tus pechos,/y desordena y vuelca los cuerpos con su choque./Como una tempestad de enloquecidos lechos,/eclipsa las parejas, las hace un solo bloque”. (Miguel Hernández).
          Les acompaño hasta su casa. Ya en la mía, elijo al azar un viejo disco: la voz rota e inconfundible de Janis Joplin me hace recordar una anécdota de la infancia. ‘¿Por qué Olivia nunca viene a atarme los cordones?’, −solté de sopetón. Él salió por los cerros de Úbeda diciendo−: ‘Lazo grande entre lazo chico sujetan el pie del señorito’. Apenas tenían fotos: alguna en la Puerta del Sol tomando las uvas por nochevieja, otras en el campo con amigos, y una de medio cuerpo, de ella sola, donde se la veía recostada en la barandilla de lo que reconozco como el Estanque del Retiro, y que el abuelo sacaba de su cartera cuando no le veía nadie para besarla una y cien veces. Ese gesto me chocaba y enternecía −hoy soy yo quien lo hace−. Mami manejaba muy bien las palabras, y decía al respecto que “la gente que queremos no debería irse tan pronto”. Pero se van, como lo hicieron ellos, como lo haremos todos… ‘Ay, mi hermano, que sí. Que las piernas más bonitas eran las de tu mujer. Que no me lo restriegues más, coño’. ‘¡Cómo te pones, Alinita!’. ‘No me llames así, viejo. Que no me gusta’. ‘Pero si lo hago con cariño, mijita…’, −rompía a carcajadas−. ‘Zalamero…’, −y le pellizcaba la mejilla−. ‘¿Y tú de qué te ríes, mocoso? Anda y ve a hacer los deberes, que te distraes con una mosca’, decían a la vez mientras que yo me iba refunfuñando porque al final me echaban la culpa de todo. Y no. No era cierto.
          A partir de aquí no sé qué nos deparará el futuro, pero intentaré seguir siendo viajero... Puede que João dé señales de vida, que Hiroshi se jubile en breve y monte su tallercito en el chiscón donde guarda las herramientas y repara lo que vamos estropeando los demás. Es posible que Mizuki consiga la estabilidad por la que lucha sin saberlo, que los descubrimientos de Keiko den la vuelta al mundo y curen los males de otras personas, que Bean alcance la paz y el sosiego, y que Naoko tenga paciencia para aguantarnos a todos. Seguramente las cosas podrían haber sucedido de otra manera, pero entonces serían los recuerdos y las vivencias de otras gentes, sus viajes particulares y los destinos que hubieran elegido. ‘Siéntate ahí, Naoko. Mira, ¿ves aquellos puntos relucientes en el horizonte que aparecen y se van al instante? Hay quien dice que es la costa de la Florida. Pero yo lo dudo… Sólo se adivina. Me siento feliz de que estemos en el Malecón, en el mismo lugar donde Eloy y Miguel conversaban de la vida con un habano entre manos y mamá se despedía del Caribe…’. En el vaivén de estas aguas transparentes arrancó la historia de Olivia y es en este punto donde me vienen a la memoria los versos de una canción de Silvio Rodríguez: “…tú me recuerdas las cosas/no sé, las ventanas/donde los cantores nocturnos cantaban/amor a La Habana, amor a La Habana”. ‘Abuelo, cierra los ojos y pide un deseo’. ‘Vale. Ya está’. ‘¿Cuál es?’. ‘Si te lo digo, ya no es un deseo…’. Pero yo jugaba a las adivinanzas con su cara: si fruncía el entrecejo significaba que le dolía la barriga, si guiñaba un ojo que haría de rabiar a mami, si apoyaba las manos bajo la barbilla que me iba a dar una charla de las suyas y si entornaba los ojos es que se moría de ganas de rodear una vez más las caderas de su compañera. ‘Que te estás durmiendo, hombre, y te manchas. ¿No ves que se te cae el helado?’, −decía ella sentada frente a él en el parque−. ‘Que no me duermo, Olivia. Es que me hace daño el sol…’. ‘Pues ponte aquí, a la sombra, a mi lado’. Y él, obediente, se dejaba caer junto a ella…

domingo, 25 de junio de 2017

João

Desde la medianoche han rebajado a la mitad la alerta por huracanes que fue activada hace algo más de una semana. Las imágenes difundidas por la CBC muestran cómo el último sufrido, al tocar tierra, se convierte en tormenta tropical e inunda algunas zonas de la región de Ontario. Lejos, en el silencioso enigma de las sombras, suenan las campanas de una iglesia, o puede que se trate del quejido del viento revocando al golpear contra los muros… Tengo a los japoneses de okupas en casa, andan de obra en la suya y, según sospecha Hiroshi, la cosa va para largo. Pero ya les he dicho que por mi parte no hay problema, al revés, estoy encantado de tenerles cerca. Naoko ya no es la mujer fuerte y dispuesta de antes. El tiempo nos pasa factura a todos, aunque lo importante es permanecer juntos. Las chicas se independizaron hace mucho. Mizuki tiene una niña adoptada que me llama abuelo y una pareja cuya relación está en crisis permanente. Keiko sigue en Boston, desarrollando un proyecto de ingeniería genética en la universidad donde imparte clases. Le va bastante bien y se la nota feliz. Vive por todo lo alto en una mansión de lujo acompañada de su perro caniche y dos tortugas. Yo llevo retirado del baile casi dos años, y por la escuela voy lo menos posible, solamente si me necesitan para algo en concreto. Así que, según dice una amiga nuestra, damos el pego de tres viejitos encantadores jugando a parecer canadienses…
          Ya tengo el diagnóstico de las pruebas que ha pedido el especialista. Y por los síntomas, antes de decírmelo, tal como sospechaba, he heredado la enfermedad de anemia drepanocítica −como sicklemia se conoce en Cuba−, que produce una destrucción de los glóbulos rojos más rápida de lo normal. Comparadas con otras analíticas que conservo de mami, el patrón de la mía muestra claras diferencias. Aun así, confieso que estoy acojonado, porque, a pesar de encontrarme bien, de un tiempo a esta parte noto más cansancio realizando las tareas domésticas. Eso, o que mis compañeros de piso me están acostumbrando muy mal. En cualquiera de los casos, nada que no arregle, según ellos, un auténtico té japonés preparado por nativos. Sin embargo, aun cuando tengo mucho bajón, gracias a mi manera de entender la vida, a la fuerza que saco de no sé dónde, a la esperanza de no irme tan pronto y a la facilidad que tengo para recomponerme, disfruto de los pequeños placeres regalados por ésta: gajos que serán irrepetibles en otra naranja. Además de la maravillosa compañía, Hiroshi se encarga de hacer funcionar todo lo estropeado: el cajón que no cierra, la luz fundida, el váter que no traga, la mecedora desencolada…
          João ha hecho realidad su deseo de convertirse en médico, labor que desarrolla en un hospital público en Río de Janeiro desde hace pocos años. Como ocurre en otros países del mundo, este sector aquí también sufre la masificación y precariedad en los medios, lo que limita a los facultativos a la hora de cumplir con el derecho que toda persona tiene a ser atendido. Mantuvo una relación eventual −ninguno quiso ir más allá− con la jefa de pediatría del centro. Ahora, cuando coinciden por los pasillos y el vello se les eriza, agachan la cabeza para no demostrar que se echan de menos. En el tiempo libre que le queda, amplía los conocimientos, porque tiene como objetivo marcharse a otro hospital, privado en este caso. Vive en el barrio de Maracaná, cerca de Rue Senador Furtado, en una casa individual de dos plantas, recién remodelada, y un sótano enorme donde ha montado su propia sala de cine. Pero el trayecto hasta llegar donde ahora está, no resultó un camino pausado, ni de rosas…
          El chico amanecía cada mañana empapado en sudor, y con la incertidumbre impregnada en la piel de haber podido mojar la cama, pensando que el tipo enclenque, con poses de bailarín amanerado, se echara para atrás enviando el ingreso mensual que financiaba sus estudios. “Debajo del puente, en el río,/hay un mundo de gente,/abajo, en el río, en el puente./Y arriba del puente/la calle, el colegio,/los niños, los gritos,/te vas sin un beso…/Arriba del puente…/Abajo, en el río… (Pedro Guerra)”. Sin embargo, cumplí la promesa rigurosamente hasta que terminó la Vestibular −equivalente a la Selectividad en España−, ya que, a partir de ahí, la formación académica es gratuita. Se trasladó a la Universidad de São Paulo, donde continuó su buena racha de obtener unas notas excelentes, lo que le ha colocado siempre entre los primeros de su promoción, dando así sentido, sin lugar a dudas, a los esfuerzos hechos, no solo por su parte, también por la de su madre, que ha sacrificado, para que él fuera feliz, el deseo de permanecer juntos y verle establecido en Salvador de Bahía, colmándola de nietos tirando de su falda como hiciera de niño cuando le pedía un helado bahiano. Todas las veces que hablábamos por teléfono, le repetía hasta la saciedad que en el aspecto económico aquello para mí no suponía ningún esfuerzo. Las cosas me iban bien, y ganaba más dinero del que podría haber gastado aun derrochándolo. Pero, en ese sentido, por mucho hincapié que hacía para tranquilizarle, João vivía permanentemente en el desafío de la cuerda floja.
          A punto de finalizar el curso en la escuela, con un enjambre de alumnos ensayando histéricos y profesores malhumorados evaluando a destajo, agravado el ambiente por el caos provocado tras la repentina destitución del director y su equipo de confianza, lo dejé todo empantanado y corrí al aeropuerto para llegar a tiempo a la graduación de mi protegido, en un viaje relámpago que no olvidaré por dos razones: la entrañable y festiva ceremonia, y la consolidación del cariño que, por encima de la distancia, había crecido en nosotros. Reservé una mesa para tres en el mejor restaurante latino de São Paulo. Acudió sólo él. La madre, que arrastraba de siempre un fortísimo complejo de inferioridad, se mantenía al margen y alejada de todo tipo de vida social. Gesto que agradecí, y que fue, ahora lo entiendo, muy generoso, porque me dio la posibilidad de conocerle más a fondo. João bebía agua compulsivamente para refrescar la garganta. ‘Nunca podré agradecerle todo cuanto ha hecho por mí, señor’, −rompió el hielo−. ‘No tienes por qué. Ha sido un placer. Llámame Andy, mijito…’. Sonrió tímidamente. Y, al fin, consiguió relajarse, lo que contribuyó a que tuviéramos una agradable cena.
          Durante los años de carrera había continuado enviando pequeñas cantidades de dinero, incluso simbólicas, para cubrir sus gastos de manutención y alojamiento. Posteriormente, cuando él ya manejaba su propia plata, en una de las múltiples visitas que me hizo a Toronto, quiso devolver uno a uno cada dólar invertido en su persona. Una vez, sentados en el sofá de casa, tras marcharse Hiroshi y Naoko a la suya, João sacó de la cartera un cheque del Banco de Brasil que extendió a mi nombre. Miré el rectángulo de papel con recelo. Guardé silencio unos minutos que parecieron interminables, y fui al dormitorio en busca de un pedazo de biografía. ‘Ésta de aquí, la de los dientes grandes y sonrisa blanca como la nieve, es Mirta −dije, señalándola en la foto−. No la conocí personalmente, ya no vivía cuando fuimos a La Habana, pero, por lo que me contaron, tenía la habilidad de ayudarte a valorar lo insignificante. Los dos grandullones del fondo, sobrados de cariño el uno para el otro, son mis abuelos Eloy y Miguel. Juntos formaron una gran familia, aunque no numerosa, y tuvieron el don de dejar muy alto el concepto de amistad. Mira mami, mijito, ¡qué jovencita y qué guapa!, conmigo en brazos, y la Puerta de Alcalá al fondo, sobre los tejados plomizos y vigilantes de Madrid. Tiene que estar por aquí escondida, espera… A ver… Sí, es él: te presento a Hari Babu, el filósofo de todos nosotros…’. Él me observaba con disimulo y muy atento. Entonces, rompió el talón y dejó los pedazos amontonados en la mesa. Desde ese día no le he vuelto a ver, y las llamadas comienzan a ser bastante espaciosas…
          Nunca hice las cosas para que me lo agradeciera, tampoco por lástima, ni por compromiso. Era una cuestión interna muy mía, algo que siempre percibí en mi gente, y que no va más allá de entender que, si se tiene la posibilidad de brindar oportunidades, hay que hacerlo: así crecemos todos. Ahora que no trabajo, y que las horas resultan a veces tediosas, me paso los días en internet buscando noticias suyas. Estoy seguro de que en algún momento pensará en mí. También de que habrá triunfado personal y profesionalmente, consiguiendo la admiración y el respeto de sus colegas. Me hubiera gustado estar más unidos y no perder el contacto. Contarle que estoy enfermo y asustado, y conocer su diagnóstico. Saber qué proyectos tiene a corto, medio y largo plazo. Pero respeto, como no puede ser de otra manera, su decisión de alejarse… ‘Abuelo’. ‘Dime, amor’. ‘Bébete un traguito de mi jarabe para la tos, verás cómo te pones bueno’ −dice la hija de Mizuki. Y su madre, que no escucha bien, grita desde la otra punta−: ‘Niña, no seas pesada… Tío Andy, en cuanto te pongas bueno nos vamos los dos al Pelourinho a vibrar al ritmo de los tambores. ¿Quieres…?’.

domingo, 18 de junio de 2017

Salvador de Bahía

Un fleco apaisado de costa atlántica se despliega frente a mí como un pelo indefinido que atraviesa la brecha del horizonte. En el restaurante Recanto da Lua Cheia −Esquina de la Luna Llena−, ocupo una mesa que parece estar encima de donde las olas se repliegan para volver a su punto de origen. La voz envolvente y acariciadora de Ivete Sangalo, cantante y compositora brasileña, armoniza la espera de los comensales que aguardamos pacientes para degustar la famosa Moqueca de peixe: guiso de pescado elaborado con hortalizas, hojas de cilantro, pimienta malagueta… Mientras llega, y encarpeto las fotos digitales en el dispositivo móvil, me dejo empapar por la solemnidad de una cerveza rubia bien fría. Estoy en Salvador de Bahía pasando algo más de dos semanas: unos  días por trabajo, otros por puro placer. El Ayuntamiento de Toronto, en colaboración con otras alcaldías de ámbito nacional e internacional, ha enviado aquí un comité de personas vinculadas al mundo de la cultura para asistir al festival anual que organiza Olodum, grupo, fundamentalmente percusionista, creador del Samba-Reggae, nacido en 1979 de la inquietud social por extirpar el racismo y sacar a los niños y adolescentes de la miseria, ofreciéndoles un motivo para vivir, reactivando su autoestima, bien a través de la música, o en los talleres de artesanía cuyas obras venden después en la tienda Axé financiando con ello la causa.
          Hoy tengo un tiempito libre. Así que, además de disfrutar del paisaje que acompaña los sabores del almuerzo, he hecho algunas compras por ahí... Remeras, para Mizuki y Keiko, pintadas a mano, poniendo “Brasil Terra de Sonhos” −Brasil Tierra de Sueños−. Para Hiroshi un pescador de pie en canoa china tallado en madera. Y para Naoko un colgante triangular representando a un hombre y a una mujer, en postura amorosa, perfilado con suma delicadeza. Adquirido todo en el Mercado Modelo, edificio de estilo neoclásico construido como un centro de abastecimiento que hoy acoge a comerciantes de todo tipo, convirtiéndolo en un enorme souvenir. Reserva una parte importante de su espacio para manifestaciones artísticas de, por ejemplo, capoeira −arte marcial combinando danza, música y acrobacias−. La segunda planta es para los buenos restaurantes, con vistas a Bahía de Todos los Santos. La primera sensación que tengo al caminar por el recinto es la de percibir el esqueleto de dos continentes, armado con la transigencia de sus pieles mezcladas y la versatilidad de unas raíces encoladas al suelo que les ha visto nacer. Salvador, como la llaman las gentes de aquí, es la sede de la música universal de la humanidad, lo que, de alguna manera, la hermana con La Habana en el fondo de mi corazón…
          En el barrio de El Pelourinho, una mujer entrada en edad, de procedencia afroamericana −la mayoría de esta población es fruto del mestizaje−, vestida con el traje típico de baiana, tiene en la calle un puesto fijo donde ofrece sorbetes de Caipirinha −sin alcohol, solo con azúcar, lima y hielo−, que sirve regalando una cueva por sonrisa al faltarle los cuatro dientes incisivos superiores. Ya me cuento entre sus parroquianos habituales. De conversación fluida, aporta esa visión sencilla y cotidiana de los sitios tan apreciada por el viajero. Descendiente de esclavos negros llegados de África a manos de europeos colonizadores del país, narra su historia con desgarro abanicando la falda a la altura de los tobillos al compás de los tambores. Tras muchos meses de sufrimiento viviendo en condiciones infrahumanas en un sótano bajo el nivel del mar −la humedad tornaba el ambiente irrespirable−, el bisabuelo de la anciana, no así el resto de familiares, se salvó de una muerte segura porque a uno de los carceleros que les vigilaban se le salió el hombro y pedía ayuda en un grito de dolor. El preso, acercándose muy despacio a él, le sostuvo el brazo unos segundos hasta que se lo colocó de un tirón. Eso le sirvió para conservar intacta la vida, pero no indultó las calamidades que pasaría a lo largo de la misma, y que tan solo disfrutó en la recta final cuando comprobó que sus hijos eran personas libres. La mujer se vuelve de espaldas para atender a algunos clientes y yo prometo regresar al día siguiente para beber juntos. Afligido, continúo mi camino y leo un grafiti donde pone lo siguiente: “Cuando menos lo esperamos, la vida nos coloca delante un desafío que pone a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad de cambio”. (Paulo Coelho).
          Antes de las cinco de la tarde da comienzo el festival en plena calle. Los alrededores se van llenando de colores vivos y de cuerpos que se mueven al son del ritmo. Me sitúo en un extremo cercano desde el cual observo la perfecta ejecución que inicia Olodum, transmitiendo a cada uno de los presentes lo que verdaderamente son y representan: el espíritu de África. Soy bailarín, sé marcar el paso y dejar que la música me ayude a expresar cuanto llevo dentro, echando a un lado las preocupaciones, aunque solo sea mientras dura la melodía. Pero lo que estoy viviendo aquí es una sensación de libertad en estado puro, que apenas encuentro palabras para describir. Suenan los tambores y no podemos parar de movernos, como si los pies y los brazos ya no nos pertenecieran, como si los glúteos y la barriga fueran cometas buscando la cima de una montaña que a lo mejor custodia el embrión de las cosas, porque todo lo que me rodea en este momento, por pequeño que sea, es motivo de alegría. Miro en torno mío y me dan ganas de abrazar, de besar, de materializar esa cultura crecida que nos empuja a tocar la piel del otro y esas grietas de su textura que tanto dicen de sí…
          El comisario del evento encargado de atender a los invitados VIP venidos de fuera, satisfaciendo la petición hecha por algunos de nosotros, nos acompaña a visitar la parte de favelas. Según nos acercamos, el olor, la luz y la visibilidad cambian completamente. Desde arriba, lo que se ve es un mosaico de estructura no organizada: hueco despejado, chabola levantada con materiales de mala calidad que arrugará el viento o arrastrará el agua torrencial. En un mismo espacio conviven prostitutas, drogadictos, vendedores de crack, mendigos, gente extremadamente pobre que pone al descubierto la gran separación que existe en Salvador entre muy ricos y muy pobres. Y la clase media, a la que pertenecíamos nosotros en Madrid, tiene grandes dificultades para salir adelante. El sistema de enseñanza, a diferencia de otros países, es de pago hasta la entrada a la universidad. De manera que, si no tienes plata, tus hijos se quedan a las puertas, por muy buenos estudiantes que sean.
          João es un chaval inquieto de doce años con vocación de médico. Muy disciplinado en el día a día, asustadizo frente a lo desconocido, cariñoso si tú también lo eres con él y maduro para su edad. Su madre, camarera del hotel donde me hospedo, viuda desde antes de parir, trabaja duro para salir adelante y, con todo y con eso, si paga el colegio no cubre otras necesidades... Al finalizar la jornada el chico espera a su madre sentado en el encintado de la acera. Ella sale, le abraza y besuquea, casi asfixiándole entre sus grandes pechos, mientras que él, muy vergonzoso, mira a ambos lados por si hubiera algún conocido. Esa imagen me enternece y me trae muy cálidos recuerdos. Una de las veces que coincido con ellos les invito a tomar Guaraná −bebida gaseosa− y así poder conversar. Como tantas mujeres que tienen que sobrevivir en un mundo misógino no le ha sido fácil. Pero, aún imaginándonos las dificultades por las que habrá tenido que pasar, el niño ha crecido respetuoso dentro de un entorno limpio de rencor. Cuando nos separamos, reflexiono el testimonio escuchado y pienso en lo generoso que fue el abuelo Miguel con mami, y también en las desahogadas posibilidades económicas que ahora tengo, y que quizá yo podría…
          Por mis venas corre sangre habanera y un vínculo ineludible que me apega al mar como medusa enroscada entre las olas. Recién duchado, y listo para vivir la última velada brasileña, tomo el Elevador Lacerda, que recorre en treinta segundos los 72 metros del acantilado que separa ciudad alta y ciudad baja. Grupos de jóvenes bailando la música que reproducen a todo volumen sus magnetofones, y familias con niños pequeños jugando a pelota, compartiendo bocadillos y refrescos, son claro ejemplo del placer de disfrutar en la playa a la luz de las estrellas, desprendidos de los lujos materiales que esclavizan. Pero en estos momentos que busco tranquilidad, acabo caminando descalzo por Praia do chega nego. A lo lejos se escucha el bullicio que he ido dejando atrás. Recostado sobre una barca de pescadores, cuya red destejida ha quedado huérfana, cierro los ojos y veo el Malecón. En este momento comprendo mucho mejor, observando a estas gentes, la filosofía de vida que tenían los míos. Una muchacha vestida de blanco, de piel tostada y brillante, corriendo en zigzag por la orilla, persigue una cometa intangible. Bien podría ser mami…
          Llego al hotel empapado en sudor y todavía tengo que terminar de hacer la maleta. Junto con la llave de la habitación, me entregan en recepción una nota que alguien del evento ha dejado para mí, por la que me informa de que han quedado mañana alrededor de las diez −no volamos hasta última hora de la tarde−, a la salida del restaurante, para visitar la Casa Museo del escritor Jorge Amado. En ella gestó buena parte de su obra al lado de su inseparable compañera Zélia Gattai, su esposa. También escritora, fotógrafa y memorialista, como le gustaba definirse a sí misma. El inmueble es sencillo, dentro de su elegancia, y dispone de un jardín y piscina. Dentro encontramos su colección de arte, con piezas que fueron adquiriendo en común. Desde cuadros de Picasso a figuras de barro del artesano Mestre Vitalino. Compartieron más de medio siglo de matrimonio, tuvieron dos hijos y una existencia, con una parte en el exilio, fructífera. Las cenizas de ambos descansan ahí, a la sombra de un árbol de mango. Paso los dedos por las teclas de su máquina de escribir y agudizo el oído para que la música de la lengua portuguesa me enamore. Antes de abandonar Salvador de Bahía, le prometo a la madre de João que recibirán noticias mías muy pronto.
          Mizuki ha regañado con el novio y se pasa el tiempo tirada en el sillón de casa, llorando y diciendo que es el ser más desgraciado del mundo. Desde que he vuelto sus padres están mucho más tranquilos, porque saben que se desahoga conmigo. Nos estamos hinchando a ver pelis de dramones y a palomitas. ‘¿Tú crees que le olvidaré algún día?’ −me pregunta−. ‘Claro, cariño. Mi abuela Olivia decía que la mancha de una mora con otra verde se quita’. ‘Ay, tío Andy, cuando te pones intelectual no hay quien te entienda’. ‘¿De qué habláis? Esperadme que no me entero’, grita Keiko desde el cuarto de baño…