domingo, 15 de octubre de 2017

Nueva York. Quinto día de la segunda quincena del mes de noviembre

Carlota no ha parado de maullar hasta bien entrada la madrugada, ni de recoger las pelusas del gato del vecino, golfo como el dueño, extraviadas debajo del felpudo de entrada. ¡Como esto siga en modo desamor, igual tengo que darme al Advil para combatir la jaqueca, o trepar con ella a cuatro patas hasta los tejados a exfoliar la pena…! “Nueva York. Quinto día de la segunda quincena del mes de noviembre. Perdida la vista en el vacío y muy mareada, permanecí tendida en la camilla con la desagradable sensación de tener cerca la respiración acelerada de mi agresor mordiéndome la oreja. El médico de guardia, cuyo diagnóstico hoy hubiera sido cuestionado, sólo puso en el informe, simplemente, trastorno postraumático, pasando por alto un matiz importantísimo: tenía delante de sus narices la agresividad de una violación y no activó el protocolo a seguir… Yo luchaba por salir de allí lo más rápido posible, del ambiente inhóspito de la sala de curas vaporizada en extracto de cloroformo. Por eso, atrapada entre la incertidumbre y los efectos secundarios del sentimiento de culpa que germina en las tripas como tabiques que pueden emparedarte, no me atreví a preguntar por la otra persona que me acompañaba… Padre esperaba en el llano del camino, antes de entrar a la explanada donde, además del nuestro, había un par de caserones más. Miró a uno y otro lado, chascó la lengua, escupió en diagonal, se rascó la calva e, increpándome, dijo: ‘límpiate los mocos y que no vuelva a verte así’. Sus palabras, puntiagudas como carámbanos, hincaron sobre mis hombros toda la crueldad que contenían”.
          Los Harries son unos viejitos cuya costumbre es hacer la compra, dos o tres artículos a lo sumo, diez minutos antes del cierre, justo cuando estamos a punto de cuadrar la caja. Siempre traen noticias frescas del vecindario porque consideran que así ponen la guinda en el broche de nuestra aburridísima, según ellos, jornada rutinaria. Verles discutir en la calle forma parte del paisaje urbano. ‘Sabes que me molesta un montón y lo haces todavía más aposta. ¿No puedes acostarte sin calcetines, coño?’. ‘¡Ja! Pues anda que tú, dejar la dentadura todas las noches encima del lavabo. Eso sí que es una asquerosidad, hija’. ‘¡Yooo! Pero qué dices, si no me falta ni un solo diente. ¡Habrase visto cosa igual! ¡Qué hombre éste…!’. Tras unos minutos de silencio y sin soltarse del brazo, él, enternecido, dice: ‘Cuidado con el escalón, querida, no te vayas a tropezar’. Cuando llegan hasta mi puesto depositan en la banda transportadora unos clínex, una botella de zumo de melocotón y un paquete de café soluble. ‘¿Cuánto es?’ −pregunta ella−. ‘$17.11’. ‘¡Qué caro está todo!, ¿verda, usté? No sé adónde vamos a llegar’. El mendigo que cada día merodea alrededor nuestro entra a pedir alguna de esas bolsas de comida que, por distintas circunstancias, al final quedan rotas en las estanterías y van directas a la basura. Pero el encargado, ser despreciable e insensible donde los haya, le suelta: ‘largo de aquí, imbécil. A cagar a la vía’. El hombre nos mira, se da media vuelta, y hasta perderlo de vista sigue empujando el carrito donde amontona piezas de reciclaje inservibles en su mayoría…
          E.J. abrió su primera consulta en una habitación pegada al garaje (hoy trastero) que le alquiló a Michelle en su casa actual en Brooklyn. Pronto se hizo con una amplia clientela que corrió la voz de lo buen profesional que era. Rápidamente se les llenó el porche de pacientes, ocupando también un espacio considerable en el bulevar. ‘Deberías de instalar el gabinete dentro, Eric −le dijo la casera una tarde lluviosa con viento, en vista de la afluencia cada vez mayor de personas que acudían a hablarle de sus fobias y complejos−, sería más cómodo y privado’. ‘Tienes razón, lo pensaré…’. Empezaban a intimar, no como dos quinceañeros apasionados, sino como adultos que posicionan aquello que creen más conveniente para ambos. Meses después, en secreto, y en compañía de una pareja amiga, se fueron y volvieron de Las Vegas como Mr. y Mrs. Coleman, bajo las habladurías de todos porque la señora le doblaba la edad. Diez años después seguían comportándose como dos desconocidos con un contrato de arrendamiento en apariencia renovable. Nadie dudaba que se tenían mucho respeto, admiración y cariño, pero había algo que no funcionaba e impedía aportar lo esencial para darle sentido al hogar… En sillas de madera maciza y diseño antiguo se sentaban a cenar en los extremos de la mesa rectangular del comedor. Sin hablar, sin compartir, metidos en ese mundo hermético donde el otro no estaba invitado.
          A veces celebro fechas que no aparecen en rojo en ningún calendario: cuando la alcaldesa parió a su primer hijo, un sietemesino con cara de gánster. El día que despropiaron del terreno a los gitanillos (repatriados al puesto fronterizo de la más absoluta miseria), que me regalaron un colgante de oro con el colmillo extraído al patriarca estando de cuerpo presente. O el momento en que decidí que no valía la pena seguir llorando… El Bronx es muy grande y da para mucho. Sus contrastes estampan un condado fundamentalmente de inmigrantes, cuya población más numerosa es la formada por la comunidad latina. En el noroeste, en el barrio adinerado de Riverdale, se encuentra la gran finca de Wave Hill, que comprende un centro cultural y sus jardines públicos con vistas espectaculares al río Hudson. Ahí, acodada en una de las balaustradas que separan las zonas temáticas (invernadero Marco Polo Stufano, bosque nativo, alpinum…), voy a festejar ese tipo de cosas, y a pensar en lo bueno y regular que me ha pasado en la vida, ahora que hago repaso de ella… Con el paso del tiempo, quizá porque lo condiciona también el hacerse mayor, lamento no haber regresado en alguna ocasión a España y poner ante los míos todo en su sitio, aclarando dudas prescritas. Sin embargo, agarrada a lo fácil, no me he preocupado de investigar qué pasó realmente aquella noche en el bosque. Tal vez si hubiera vuelto al lugar de los hechos… A las pocas semanas de acudir a terapia, el psicoanalista mencionó algo que ya no he olvidado: ‘Maura, hay circunstancias terribles que nos vacían del todo, y solo nosotros conocemos dónde está el interruptor para alumbrar nuestra calle interior, esa que cada uno llevamos estampada en las entrañas…’. Yendo hacia el metro paso por delante de Calvary Hospital, especializado en cuidados paliativos, y pienso en mis padres, en el final que tuvieron e ignoro…
          Cuando alguien en el supermarket me pregunta tal o cual cosa sobre este Estado, e intuyo que lo visita por primera vez, yo siempre digo que sólo hay que patear aquí y allá para darse cuenta de que existe una ciudad diferente que no aparece en las guías turísticas, ni ofertan las agencias de viajes. Una vida mucho más barata y tranquila, a pesar de los grupos derrotistas que hay en todas partes pregonando lo peligroso que también puede llegar a ser. Hablo de determinados cinturones de Harlem, de Queens, de Bushwick en Brooklyn, de Chinatown…, paisajes alejados del Upper East Side, por ejemplo, de las firmas de alta costura, del poder financiero y de esa población, acelerada y casi sin vida familiar, que se mata por conseguir unas migajas de éxito y un pódium pegado a los triunfadores… Dicen que en el Bronx la gente permanece quieta o deambulando por la calle, sin rumbo, esperando algo que nunca pasa. Me gustan sus avenidas sombrías, ocupadas por personas solitarias, el color y estilo de los edificios, esa mezcla de condado emergente con zonas decrépitas. −Le digo a E.J., que tiene la vista puesta en un insecto que se ha posado en el cristal de la ventana−. No sé por qué, Eric, pero de alguna manera me recuerda a mi aldea, como si en el fondo de mi imaginación hubiera tendido un puente entre un espacio y otro, para no perder la identidad de dónde vengo’. ‘Háblame de eso, paya’. ‘No sé… Mi único deseo es que no ocurra lo inevitable, que los oscuros presagios no se cumplan y que la provisionalidad, una vez asumida, haga de nosotros seres más fuertes y más libres. A trescientos metros de la vaquería, sentada en la valla de piedra que separaba el cementerio del monte, esperaba una sacudida de viento que me asustara e hiciera desaparecer la hinchazón de la tripa que yo identificaba como gases… El espejo maldito y delator cambiaba las curvas de mi silueta. Tenía vómitos y angustia permanente, así que fuimos al médico. Luego, en la casa, de la paliza que me dio padre delante de todos, figuras permaneciendo de pie frías y estáticas, perdí al bebé. Al poco tiempo apareció en una acequia el cadáver del sacerdote, lo encontraron unos campesinos que iban de paso, y, por los signos brutales que descubrieron, especularon con la posibilidad de que podría haber sido asesinado, sospecha que corrió como la pólvora’. ‘¿Qué se te pasó por la cabeza? Cuéntame. ‘Pues, algo sencillo: muerto el perro acabada la rabia’. −El hombre se queda pensativo mirando el reloj y, a continuación, el parpadeo de la luz verde en el contestador−. ‘Bien, ahí lo dejamos. ¿Cómo llevas el ejercicio?’. ‘Mi gata, enrabietada o celosa, no sabría definirlo, disfruta muchísimo arañando cada hoja, como si las letras que plasmo la provocaran empujándola a la acción…’. Mr. Coleman escucha atento el mensaje grabado por una paciente que necesita cambiar el horario de la sesión. Sube a la planta de arriba, llena la bañera y se mete en sales aromáticas. Nunca imaginó que la vida sin su esposa tuviera tantos huecos y rendijas por donde se filtra el frío, tanta soledad que lejos de cerrar heridas las sangra mucho más. ‘Ay, Michelle, Michelle…’.

8 comentarios:


  1. Según se desarrolla esta historia, tú vas consolidando un estilo propio y maduro que otros empezamos a envidiar. No lo dejes, no abandones, continúa. Besos, nena.

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  2. Miguel Ángeloctubre 15, 2017

    Descripciones de lugares -de acá y de allá-, de sentimientos, diálogos diversos, reflexiones -mentales y por escrito- de la protagonista,...: variedad de textos dentro del relato. Y de acuerdo con Elvira: hay un estilo propio. Un abrazo.

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  3. Muy intrigante, nada definido cualquier cosas puede ocurrir y como siempre te digo con ese aire de nostalgia que envuelve los relatos.

    Genial a esperar el próximo

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  4. Acabo de leerme las tres entregas de un tirón, estos días atrás no tenía el ánimo para concentrarme en la lectura.
    Sencillamente me parece increible la forma que tienes de mezclar situaciones, personajes, localizaciones sin que parezca un batiburrillo, todo tiene su hilo conductor.
    Gracías por el viaje.

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  5. Antonio Álvarezoctubre 16, 2017

    "... tantos huecos y rendijas por donde se filtra el frío, tanta soledad que lejos de cerrar heridas las sangra mucho más..." Por mí, puedes dejar de firmar tus escritos. Describes y emocionas de una manera muy especial. ¡Eres extraordinaria, amiga!

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  6. Que bien nos llevas de una historia a otra, del pasado al presente, con tu forma tan personal y maravillosa de contar las cosas. Sigue así, eres genial. Espero con ganas el siguiente. Besos.

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  7. Nuevo episodio, literatura con mayúsculas para mantenernos "enganchados" a la vida y los recuerdos de Maura... Esperando la siguiente entrega...

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  8. Dice Maura: "No me he preocupado de averiguar qué pasó realmente..." Acabas de expresar que tenía "dudas prescritas". Tu relato nos lleva al fondo de los personajes que transita por él y también de la iconografía de lo que conocemos de una ciudad como Nueva York, desde luego te gusta celebrar algunas fechas que en los calendarios no figuran en rojo, felicidades. Gracias por dejarnos averiguar muchas cosas.

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